Amantes

Estamos sobre la colina, al sol. De cara al mar.
Celebrando.
Acaricio su cuello, ciño mis muslos a su cuerpo.
La gente que está abajo, en la playa, levanta la vista, nos señala.
Me aferraría aún más a él si pudiera. Por deseo no, por rebeldía supongo.
Los veo preparar sus cámaras fotográficas, subir la sierra.
Vienen hacia nosotros.
Este grupo trae un guía. El guía habla con voz chillona y explica obviedades: que estamos hechos en mármol, que yo soy una diosa que mi compañero un cisne, que lo monto como a un caballo.
El hombre no tiene precisiones. Tal vez soy Afrodita. Quizá nos esculpieron hace 2400 años.
—Nadie sabe cuánto más podremos disfrutar esta belleza —termina diciendo—, por el problema de la lluvia ácida— aclara.
Los turistas se aburren. Toman algunas fotos, con descuido, apuradas. Y regresan a las olas. 
El guía se demora un par de minutos a nuestro lado. Cuando cree que nadie lo observa, me acaricia.
Su sudor se pega a mis labios.
 Me mira a los ojos. Con mirada firme. Precisa. De lobo.

—2400 años, miserable cantidad de tiempo para una diosa —estimo—, pero estoy cansada. De  lobos y de cisnes. Te agradezco, lluvia ácida.  






NASELLO, P. 2001, El manuscrito, Córdoba, Argentina, Edición de autor,  p 67